Los jueves por la tarde no teníamos colegio. Terminar de comer y estar todos en la plaza era todo uno. Había siempre alguno que proponía ir a jugar a la pelota. Formaban un partido de cuatro y se marchaban. Quedábamos los demás en la plaza donde, en un santiamén, nos organizábamos incluso en varios bandos par jugar unos a la pídola y otros al chito, al que los mozos jugaban con perras, que ponían encima del chito. Algunos había con tal tino que, con más frecuencia de la que los otros desearan le pegaban tal castañazo ya con la primera tanga, que salía el chito despedido hasta seis u ocho metros y más, quedando las perras allí, justo donde el chito estuvo. Luego, el jugador, asunto en el que era asimismo experto, tiraba la segunda tanga, que dejaba al lado de las perras y se llevaba todo.Nosotros jugábamos con agállaras, que, al ser macizas y redondas no podíamos poner sino alrededor, lo que suponía la mayor parte de las veces, cuando alguien acertaba a sacudirle al chito tal desparramo, que se necesitaba la intervención de varias parejas (otras veces jugábamos de por sí) para ir arrimando cada tanga a cada agállara o pequeño grupo de ellas, si lo hubiera, que, de inmediato, se convertía en punto predilecto.
Una tarde, Bruno, se presentó en la plaza con dos tangas doradas. Ninguno, antes, había visto otras que no fueran de hierro, con lo que todos a la vez nos fuimos hacia Bruno en el afán de ver y tocar aquella maravilla. ¡Son de oro!, dijo no sé quién, lo que supuso que nos apretujáramos aún más alrededor de Bruno, con la excepción de Eloy quien, como un rayo partió hacia su casa, donde, antes de abrir la puerta gritaba ya: ¡madre, madre, que Bruno ha llevado a la plaza dos tangas de oro! A la madre le costaba creerse que fueran de oro, pero como le sorprendiera que fueran doradas lo comentó a su vecina; ésta a la suya y así, al rato, más de medio pueblo se llegó hasta la plaza por ver las tangas de Bruno y hasta se cruzaban ya apuestas, unos a que lo eran y otros a que no. Fue el alguacil quien dijo que a él el sentido común le decía que no. El caso es que mientras nosotros formábamos una larga fila dispuestos a jugar – que se formó a base de empellones, ávido cada cual por ocupar el mejor puesto – quienes habían llegado, alertados por los gritos de Eloy o de su propagación, fueron formando las suyas a uno y otro lado de los jugadores.Salió Bruno el primero y, aunque no acertara con el chito, el clamor de la concurrencia fue unánime, no solo ante la contemplación del deslizamiento de tan doradas tangas, sino tanto, o más, por la sonoridad en su contacto con la tierra, que dejó a todos con la boca abierta. Manolón, al que llamábamos así por su corpulencia, se había, claro, situado el primero, tras de Bruno, de un solo empujón. Colocó una de las tangas entre la palma y los dedos de su mano izquierda – era zurdo – y queriendo posiblemente hacer un alarde de su fortaleza, la lanzó con tal ímpetu, pero tan desastrosamente, que la tanga, en vez de salir planeando hacia el chito se puso a rodar a tal velocidad que la Paula solo pudo darse cuenta que se dirigía hacia su tobillo izquierdo cuando sintió el impacto, que digo yo que le sentiría porque fue recibirle y quedarse tendida en el suelo tan larga como era, blanca como la cera y echando no poca sangre del corte que la tanga le hiciera en el tobillo. El revuelo fue de los que hacen época. Dos mozos, cuando la tuvieron en pie cargaron con ella y en volandas se la llevaron hasta la casa del médico, gracias a Dios a no muchos pasos.Al parecer la herida era más aparatosa que importante. Pero el susto había sido morrocotudo y el desastre, consumado. Bruno, no sé si más asustado que enfadado, le llamó no sé cuántas cosas a Manolón, guardó sus tangas, se marchó, y, poco a poco, maldiciendo a Manolón, lo fuimos haciendo los demás.